Alquimia


Existen infinidad de historias y leyendas de la antigüedad que a través de la historia de la humanidad hacen mención a supuestas propiedades mágicas de ciertos metales, entre ellos, el oro y que constituyen hasta el momento enigmas sin resolver. Si bien hay sectores de la sociedad que les reconocen su veracidad, también hay una buena parte de la sociedad, sobre todo la científica que desconoce de manera contundente este tipo de historias, otorgándole en el mejor de los casos, el apelativo de “charlatanerías”. Sin embargo, la historia está llena de este tipo de leyendas. Desde la antigüedad, los alquimistas, como se les llamaba y se les reconoce hoy en día, en diversas latitudes y en muchos países como China, Israel, India, Egipto y Peria, por nombrar los más conocidos, llamaron soma, el elixir de la vida, chi, maná, prana, la piedra filosofal, pan blanco y el oro del Rey Salomón a sustancias extraídas de los metales y a la cuales les conecdían algunas propiedades mágicas. A estas sustancias también se les asocian otro tipo de fenómenos enigmáticos o misteriosos como son la fuente de la juventud, el arca de la alianza y la gran pirámide, a las que se les asignan propiedades sanadoras en la mayoría de los casos y milagrosos en otros tantos.

Antigüos textos judíos, como el Zohar, describen cómo el arca de la alianza levitaba en los días santos en que se la sacaba fuera del templo y a los sacerdotes encargados de ese paseo, se les anudaba una cuerda a los pies para que pudieran ser separados en caso de una descarga eléctrica. Esta arca se usaba para almacenar la vasija en la que Moisés guardaba el maná. Pero fue justamente Moisés, quien tomó el becerro de oro que hicieron los israelitas como objeto de culto durante su exilio, enfurecido lo quemó y lo trituró hasta convertirlo en polvo, que esparció en agua que hizo beber a los israelitas, en su afán de mejorar su condición espiritual.

El antiquísimo alquimista chino Wei Po-yang, describió en sus escritos la píldora de la inmortalidad, hecha de Huan Tan, un polvo comestible que se fabricaba a partir del oro. Se aseguraba en esos escritos, que una vez ingerida dicha píldora, el “cutis rejuvenecía”, “desaparecían las canas” y los dientes podían volver a crecer, al punto que si era ingerida por un anciano volvería a ser joven y si lo consumía una anciana, recuperaría su virginidad.

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